Licuadas vivas y servidas al instante.
Noticia Internacional.
En los mercados más bulliciosos de Perú, entre frutas, hierbas y remedios naturales, se oculta un secreto que mezcla tradición, superstición y controversia: el jugo de rana. Esta bebida, que para algunos es un elixir milagroso y para otros un atentado a la naturaleza, se consume en regiones andinas como Puno, Cusco, Arequipa, e incluso en zonas de Lima, donde quienes la prueban juran que puede curar males respiratorios, dar energía casi sobrenatural e incluso despertar el apetito sexual.
La receta de los valientes
Preparar este jugo no es para estómagos sensibles. La escena es tan impactante como intrigante: una rana andina, generalmente la especie Telmatobius culeus —conocida como la rana gigante del lago Titicaca— es seleccionada viva frente al cliente. El vendedor la sacrifica en el acto, la pela con rapidez y la lanza a la licuadora junto a ingredientes más amables: miel, maca, algarrobina, quínua, huevo de codorniz o jugo de frutas. En segundos, el batido adquiere un color verdoso que pocos olvidarían.
Quienes lo consumen aseguran que su sabor es más suave de lo que parece, “como un batido de leche con un toque de campo”, dicen algunos. Pero el verdadero atractivo no está en el gusto, sino en los supuestos beneficios: aumentar la potencia sexual, fortalecer los pulmones, aliviar el asma, curar la anemia e incluso combatir la fatiga crónica. Una lista de promesas que lo ha mantenido vivo en la cultura popular durante generaciones.
Una tradición que desafía la ley y la ciencia
Aunque el jugo de rana es parte de la herencia andina, hoy enfrenta fuertes cuestionamientos. La rana gigante del Titicaca está en peligro de extinción, y su caza indiscriminada para la venta en mercados ha provocado alarmas entre conservacionistas. En Puno, las autoridades han realizado operativos para decomisar ranas y prohibir su venta, pero la demanda no desaparece. En Arequipa, aún se pueden encontrar puestos en el famoso Mercado San Camilo, mientras que en Lima, algunos locales clandestinos lo ofrecen en distritos como La Victoria y El Cercado, muchas veces detrás de cortinas o funcionando solo de noche.
Además, la ciencia es clara: no existe evidencia médica que respalde los supuestos poderes del jugo. Peor aún, beber rana cruda puede ser peligroso, ya que puede transmitir parásitos, bacterias e incluso metales pesados si proviene de zonas contaminadas. Aun así, para muchos, el riesgo es parte del encanto.
Entre lo exótico y lo prohibido
Hoy, el jugo de rana es más que una bebida: es un choque entre cultura y modernidad. Lo que para algunos es una medicina ancestral, para otros es un acto de crueldad animal. En ciudades como Cusco, los turistas que se atreven a probarlo suelen buscar la foto perfecta para redes sociales, mientras los locales lo defienden como parte de su identidad.
En los callejones de Puno o en los rincones menos turísticos de Lima, basta con preguntar con discreción para encontrar a alguien que, por un par de soles, prepare este batido que huele a mito, leyenda y escándalo. Un vaso que, más allá de su sabor, cuenta la historia de un país donde la tradición se resiste a ser prohibida.