Cada una tiene su propia historia, sabor y secreto.
Noticias Colombia.
Colombia tiene la deliciosa costumbre de convertir el plátano en arte. Uno de los ejemplos más sabrosos de esto son las marranitas, orgullo frito del Valle del Cauca, y su prima huilense, el Juan Valerio, una bomba de sabor que también combina plátano con chicharrón, pero con su propio estilo y sazón.
El aborrajao, manjar vallecaucano, fue escogido como el mejor postre de Colombia
Aunque cambian de nombre según la región, lo que tienen en común es irresistible: masa de plátano rellena de chicharrón crocante, un bocado que se disfruta en plazas, fiestas y mesas familiares, como entrada, pasaboca o incluso como plato fuerte.
¿Cómo es una marranita vallecaucana?
Las marranitas son uno de los fritos más queridos del Valle. Su presentación es simple pero potente: una bola dorada de plátano verde, crocante por fuera y suave por dentro, que guarda en su corazón un trozo generoso de chicharrón carnudo.
Se fríen dos veces: primero el plátano, luego la bola ya armada, para lograr ese contraste entre la textura crujiente y la cremosidad del interior. Suelen servirse con ají, guacamole o suero costeño, lo que eleva aún más su sabor.
¿A qué saben? A fiesta, a calle, a cocina de abuela. El plátano tiene ese punto neutro que equilibra la grasa del cerdo, mientras que el ajo y la cebolla le dan un sabor cálido y casero. Son compactas, energéticas y adictivas.
¿Y el Juan Valerio huilense?
En el Huila, esta receta tiene otro nombre y otra forma de prepararse, pero con la misma alma frita: se llama Juan Valerio, y aunque también se basa en plátano y chicharrón, aquí el sabor es más aromático y rústico.
Se utilizan tanto plátanos verdes como maduros, lo que da una masa más dulce y cremosa. El chicharrón se cocina lentamente en su propia grasa hasta quedar bien dorado, sin necesidad de aceite.
Sabores que solo se encuentran en Colombia: un mapa comestible del país
Sabores de criollos, las delicias colombianas que enamoran a TasteAtlas
¿Comida o pecado? Los platos colombianos que despiertan pasiones bajo la mesa
Luego, todo se machaca junto: plátano, cebolla larga, ajo, cilantro… y se forman bolitas que también se pueden freír ligeramente o comer así, tipo croqueta.
El Juan Valerio no busca solo saciar, sino contar una historia rural, campesina, de olla de leña y manos que amasan con cariño. Su sabor es más complejo: dulce, salado, herbal y con notas cítricas si se le añade limón al final.