sábado, junio 6, 2026

El frito vallecaucano que en el Huila llaman Juan Valerio

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Cada una tiene su propia historia, sabor y secreto.

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Colombia tiene la deliciosa costumbre de convertir el plátano en arte. Uno de los ejemplos más sabrosos de esto son las marranitas, orgullo frito del Valle del Cauca, y su prima huilense, el Juan Valerio, una bomba de sabor que también combina plátano con chicharrón, pero con su propio estilo y sazón.

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Aunque cambian de nombre según la región, lo que tienen en común es irresistible: masa de plátano rellena de chicharrón crocante, un bocado que se disfruta en plazas, fiestas y mesas familiares, como entrada, pasaboca o incluso como plato fuerte.

¿Cómo es una marranita vallecaucana?

Las marranitas son uno de los fritos más queridos del Valle. Su presentación es simple pero potente: una bola dorada de plátano verde, crocante por fuera y suave por dentro, que guarda en su corazón un trozo generoso de chicharrón carnudo.

Se fríen dos veces: primero el plátano, luego la bola ya armada, para lograr ese contraste entre la textura crujiente y la cremosidad del interior. Suelen servirse con ají, guacamole o suero costeño, lo que eleva aún más su sabor.

¿A qué saben? A fiesta, a calle, a cocina de abuela. El plátano tiene ese punto neutro que equilibra la grasa del cerdo, mientras que el ajo y la cebolla le dan un sabor cálido y casero. Son compactas, energéticas y adictivas.

¿Y el Juan Valerio huilense?

En el Huila, esta receta tiene otro nombre y otra forma de prepararse, pero con la misma alma frita: se llama Juan Valerio, y aunque también se basa en plátano y chicharrón, aquí el sabor es más aromático y rústico.

Se utilizan tanto plátanos verdes como maduros, lo que da una masa más dulce y cremosa. El chicharrón se cocina lentamente en su propia grasa hasta quedar bien dorado, sin necesidad de aceite.

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Luego, todo se machaca junto: plátano, cebolla larga, ajo, cilantro… y se forman bolitas que también se pueden freír ligeramente o comer así, tipo croqueta.

El Juan Valerio no busca solo saciar, sino contar una historia rural, campesina, de olla de leña y manos que amasan con cariño. Su sabor es más complejo: dulce, salado, herbal y con notas cítricas si se le añade limón al final.

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